A veces sentimos el peso
de un segundo,
uno que te evoca miedo,
un miedo que te deja sin respiración
y te hace temblar desde dentro,
desde ese lugar donde habita tu voz, tus latidos, tus pensamientos,
ese lugar que comúnmente  llamamos alma,
y te encojes, te vuelves diminuto,
casi a punto de desaparecer.
Es un instante.
Y te das cuenta que eres una sucesión afortunada de millones de ráfagas de tiempo,
que te dan la oportunidad de ser,
de continuar al borde del camino.
Un segundo. El que ha pasado ya.
Y respiro. Respira. Respiras.

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