Libro de poesía Paisajes Subterráneos de Valentina Lara

  

Este libro de poesía es la búsqueda de mi lugar de origen, donde se hacen visibles todos mis sueños, palpables para ustedes. Reposo sobre cada palabra, como si fuera un trozo de mi cuerpo. Este libro es un prolongado silencio que emerge. 

Valentina

I

Soy un montón de sentidos cubiertos

por una tela áspera de huesos,

una historia que se esconde tras la carne,

la réplica inútil de la mujer errante.

Un cuerpo podrido sin aliento,

una silueta saturada de vergüenza,

la figura invisible de la muerte.

II

La melancolía incrustada en mi pecho

pinta de tono amarillo mis pasos.

Los muertos atados a mis piernas

arrastran el grito de su metamorfosis,

imágenes desfiguradas por el devastador

artefacto de la guerra.

La historia exhausta

penetra mi garganta;

en mis manos

el débil parpadeo de la victoria.

III

Necesito el calor de un cuerpo

que evapore los sueños reprimidos

y agote mis dedos transeúntes en la superficie.

Tocar los miedos

en la oscuridad de las prisiones,

eliminar pensamientos detenidos,

gobernar mis extremidades,

y en el silencio dibujar la cúpula que me guarda.

Carezco de un cuerpo contaminado

que impregne mi piel

de pesadas pulsaciones,

de unos lánguidos pies derrotados en el abismo.

No tengo sombra que corte la fortuita cabeza de la muerte.

IV

El tiempo clava agujas en las heridas,

la sombra es instrumento del silencio,

cada palabra me lleva al suicidio,

cada puño al asesinato.

Ese vacío se hace

cada vez más pesado,

y me hunde en el pantano.

Mi vida se convierte

en un cementerio de sustancia de madera.

Somos cómplices,

hijos de la guerra,

dueños de las ruinas.

V

La palabra mujer

tiene en su pecho un dulce alivio,

una canción que calla la miseria.

La palabra hombre

es un deslizamiento constante,

guarda la lluvia en las grietas de mi corteza.

La palabra amor

tiene en su órbita los deseos

que son latido,

canción solemne,

grito misericordioso.

Cubre con su tinta

el culto profano al tacto.

VI

La muerte

camina descalza por las calles,

llora en los andenes

y el viento seca sus lágrimas.

Se enreda con las luces del día,

perdida en la ciudad,

absurda pasajera del tiempo.

La muerte,

un instante que cierra las manos.

 

VII

En las mañanas

mi cabello huele a combates

perdidos,

a guerra eufórica

a hombres desangrándose.

En mi boca desdibujada

perdura un aroma a cadáver,

y se estaciona el humo de la noche

que deja desgracias en mi lengua.

Quedan aglutinados detrás de mis

dientes los pensamientos

reprimidos por el aliento,

y se asoman entre las grietas

de vez en cuando para ver la luz.

VIII

Me llevas en tus ojos,

en el silencio promiscuo

y en las imágenes que reflejan

mi cotidiana sonrisa.

Te quiero por tu utilidad,

por lo que expulsa tu cabello,

por tus dedos que se incrustan en mi

espalda

y revientan los hilos

que mantienen mis ojos abiertos.

Te necesito porque sos materia prima

de la oscuridad que llevo dentro,

sos mi vacío, mi silencio,

aplaudo tu astucia y revelo mi carencia.

 

IX

Te convierto en palabras,

traslúcido pasas por mi cuerpo

incrustando una flor en cada poro.

Soy un inmenso jardín

y tú,

una inevitable metáfora.

 X

Mirarte es como tocar violín

o como besar una flauta dulce.

Mirarte es una historia incompleta,

un baúl que guarda la soledad.

Prefiero construirte detrás de mis párpados,

lejana y triste como un edificio,

con cada soplo abrir una ventana,

con cada beso inventar una puerta,

caminar tus pasillos,

tocar tus paredes,

sentirte deshabitada.

Mirarte es encontrar

el lugar preciso donde

mis ojos pueden cerrarse.

 

XI 

Cierra los ojos

y de la noche no salgas,

las palabras escondidas

no logran tocarte.

Duerme…

tras tus párpados

caerá la noche,

con luna callada y sombra de universo.

Silencio…

Los sueños se dilatan,

la efímera verdad se contrae,

las pupilas del viento

no dejarán regresar el día.

Cierra los ojos

y de la noche no salgas.

 

XII

Hoy te siento cerca,

tan cerca,

que tu recuerdo

es una inmensa esperanza

tendida sobre mi cuerpo.

XIII

No encuentro tu nombre

ni me atrevo a gritar por las calles

que invades mi lengua,

que la saliva aún es virgen

y quiere tocarte.

Mi silueta está invadida de incógnitas,

mis oídos filtran ecos de batallas

disfrazando el amor menguante.

La noche toca mis vísceras

Y pregunta:

¿Dónde está?

Las palabras se acaban,

el aliento se extingue

y el crepúsculo llega con cristales

que se entierran en mis pies;

dejo en el camino la marca de mi sangre.

XIV

Expulso lágrimas,

mi sangre lleva la marea alta

y la noche fecunda mis senos de invierno.

Mis ojos se exaltan,

mi boca se hincha,

mi estómago revienta.

Y vos,

a vos no te quiero aquí,

este espacio me pertenece,

sacrifícate afuera

donde no me salpique tu sangre

donde tu grito no se me entierre en el vientre

ni tu silencio manche mis lágrimas.

 

XV

Vigilantes absortos,

sumidos en una interminable sombra

que traerá fuego y cólera.

Cerraré sus ojos con danzas de puñales

y con la levedad del filo de los videntes

se abrirá la piel del universo.

Un parpadeo,

acertijos levantándose

por los muros de mi rostro.

Espías inmunes,

cubiertos por la noche,

el sol derretirá sus miradas intrusas.

 

XVI

El espantapájaros

colgado del hilo de una nube,

abrazado por el viento del oeste,

espera con la eternidad bajo los labios,

atadas las angustias

y los sueños bastardos.

Sus andamios son de plomo,

de movimientos revolucionarios

su piel de porcelana

amenazada por las lluvias.

El espantapájaros, estático,

sobre la tierra,

inundado de grandes hojas,

se deslizará en la escarcha,

buscando la libertad.

 
XVII
Adán se esconde detrás de los árboles,

mientras Eva corre desnuda por las calles,

los carros pasan y se estrellan contra sus senos arcanos.

Adán se esconde detrás de los árboles,

mientras Eva corre desnuda por las calles

con una manzana podrida en la mano

y serpientes en su ombligo.

Eva corre desnuda por las calles,

jugando con los genitales desvanecidos,

sumergida en las víscera de los hombres miserables.

 

XVIII

La sangre duerme en andenes

y en las esquinas se ocultan

trozos de cuerpos

con la piel enmohecida.

El veneno corre por las calles,

los pasos de cemento

se fugan con el horizonte.

Existe una ciudad en la noche

que muere cuando se desvanece la sombra.

 

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